Nuevo Inicio

TŪRGÂMĀ (una petición, un proyecto)


Hay muchas formas de hacer caridad, y de algo más importante aún que “hacer” caridad, de vivir en la caridad. Se pueden dar limosnas, se pueden dar cuidados, se puede dar tiempo, se puede dar afecto, sabiduría y conocimiento, alegría y esperanza. Todos esos dones, y todos los demás que pudieran incluirse en esta lista, valen en la medida en que son el modo como se da uno mismo. Porque la vida es para darla.

[“Tomad, comed, esto es mi cuerpo”. Lo dijo el Verbo de Dios, que se había hecho “carne”, que había tomado un cuerpo. Y dijo también: “Lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis”. Hay ahí, en estas dos palabras de Jesús, toda una economía y una política, toda una estética y una ética, toda una teología y una cultura.]

El caso es que cuando la vida no se da, se pierde. Es decir, que cuando se vive como si la vida fuera sobre todo para acumular, entonces la vida se destroza, se arruina. Se arruina uno mismo y arruina todo lo que toca.

Hoy, según la tradición cristiana más genuina, y en función de mi ministerio de pastor, busco personas dispuestas a dar. Gratis. Y si el Señor os concede a algunos la gracia de daros de la manera que voy a exponer más abajo, os voy a pedir que deis un montón de horas, y algunas de vuestras mejores capacidades, y que las deis por amor al Señor y a los hombres, a este mundo nuestro que Cristo ha amado hasta la muerte.

En realidad, os pido que me acompañéis. Es una súplica. Naturalmente, es una súplica a la que sólo cabe que os planteéis responder si esa súplica hace resonar algún armónico en vuestro corazón. Esto es, si vuestro corazón os lo pide también, y os sentís capaces de asumir esta fatiga y esta forma de caridad con una alegría grande en el alma. Digo que os pido que me acompañéis. No soy capitán araña. Yo llevo muchos años —desde que, allá por los años 70, hacía marchas y campamentos y cursos de verano con adolescentes y universitarios, y antes ya, casi desde que era estudiante— empleando mucho de lo que se llama “el tiempo libre” (y mucho del tiempo que nadie llamaría “libre”), a traducir cosas que me parecían valiosas para nuestro mundo, pero que no están accesibles a muchos de nosotros y que probablemente no van a estarlo en un futuro próximo; cosas que no se conocen o se conocen poco o mal; y cosas que no muchas personas tienen interés en que circulen (y que tal vez algunas personas tienen mucho interés en que no circulen).

En ese camino me han acompañado algunos buenos amigos, que han entendido esta vocación, de por vida o para un cierto trayecto de su camino. Pero una vocación es algo que siempre hay que vivir en común, aunque mi torpeza o mi ceguera hayan hecho que el extenderse de esa vocación haya sido difícil. No hablo de una comunidad de intereses, o de gustos, o de talentos. Hablo de lo que los cristianos llamamos en el Credo “la comunión de los santos”, que no significa en absoluto decir que quienes formamos la Iglesia seamos “santos” en el sentido moralista y voluntarista de mucha cultura cristiana moderna. Ese artículo del Credo expresa la certeza de que la comunión es el modo de vida del Dios Trino, y por eso, de que sólo “en” el Espíritu de Dios se realiza y se expande la comunión (desde el amor esponsal de hombre y mujer hasta la polis), y por último, de que ese Espíritu está siempre accesible a nuestra súplica. En una humanidad en diáspora, en una Iglesia en diáspora, como la nuestra de hoy, la comunión tiene que vivirse a veces por teléfono, por Skype o por e-mail. Otras veces no, y siempre que sea posible trataremos de juntarnos, de conversar (que es igual a “convertirse” unos a otros y a Dios), de compartir el camino y el pensamiento.

Es importante ser conscientes de que la comunión de los santos y la gratuidad que lleva consigo es el signo verdadero de nuestra pertenencia a Cristo y a Dios, y por eso la condición misma de posibilidad de la fe cristiana de otros (Jn 17,20). Y eso, sencillamente, porque esa comunión es —como ya se ha dicho— participación en la vida del Dios Trino. Y por eso también es la unión más fuerte que hay en el mundo creado: hasta tal punto que es más fuerte incluso que la de los lazos de la familia y de la sangre.

Pero todavía no he dicho de lo que se trata. Se trata de lo siguiente: traducir y hacer accesibles a unos lectores que aman las cosas bellas, razonables y buenas… algunas joyas de vida y de pensamiento que nos ayuden a abrirnos camino en este “cambio de época”, en este momento de particular confusión y oscuridad, y que nos permitan juzgar con equidad y verdad la caída de la modernidad (y el ocaso del cristianismo “moderno”), y buscar con amor y desde Cristo puntos de luz para el mundo que tenemos ya ante nuestros ojos.

Se trata de sostener y de ampliar hasta donde el Señor nos conceda el esfuerzo de una iniciativa puesta en marcha hace años por unos cuantos amigos, y hoy vinculada al Arzobispado de Granada, que es la Editorial Nuevo Inicio. Es una iniciativa, en cierto sentido, mucho menos pretenciosa de lo que da la impresión su nombre, porque “Nuevo Inicio” no hace referencia a nosotros: hace referencia a Cristo, en una expresión de San Juan Pablo II (“Jesucristo es el nuevo inicio de todas las cosas” (Tertio millenio adveniente, 6). Pero a la vez, la iniciativa es mucho más pretenciosa, porque nace de la conciencia cada vez más clara de que todas las cosas, en el mundo en que vivimos (desde la estética hasta la política, desde las ciencias hasta el amor, desde la educación hasta el cuidado de la tierra), necesitan ese “nuevo inicio”. Y nace también de un sentido de urgencia: tanto el Señor como la situación del mundo nos reclaman a dar juntos, y cum festinatione (de prisa, Lc 1, 39), los pasos necesarios para recuperar en todas las cosas ese “nuevo inicio”. Nace, por último, de la certeza de que en esa tarea contamos con la misericordia y la gracia de Dios, y de que, si la suplicamos, no nos faltará tampoco “la comunión del Espíritu Santo”.

La editorial Nuevo Inicio es una empresa, una S.L. propiedad del Arzobispado de Granada. Está sostenida por las ventas de sus libros (normalmente, la venta de uno da para pagar a la imprenta el siguiente), y por una fundación pía no autónoma del Arzobispado que recibe algunos donativos para esta misión y encarga ciertos libros a la editorial. También se los encargan ciertas instituciones y los Institutos Superiores de la Diócesis, o la Academia de Historia de la Iglesia en Andalucía, creada recientemente por los obispos de Andalucía y con sede en el Sacromonte. La editorial ha producido ya algunas obras que creemos dignas de aprecio. Pero, aunque sea una S.L., no es ni ha sido nunca un negocio. Ni lo será. Por lo menos, así lo deseamos y lo pedimos. Como dijo una vez un amigo que ha hecho la traducción de varios de los libros aparecidos en la editorial, su traducción “está hecha con sangre de cristianos”. Así es. Quienes han traducido las obras, en su inmensa mayoría, lo han hecho por amor y por vocación. Y así debe ser. Si no en la sociedad secular, al menos en la Iglesia. En realidad, se trata menos de un “trabajo”, o ni siquiera de un “voluntariado”, que de una forma de discipulado, casi (si debo decir lo que pienso, y creo que debo decirlo) de una comunidad “monástica” en sentido amplio, aunque esté compuesta por personas de todos los estados de vida (sacerdotes, religiosos, fieles laicos), y aunque esa comunidad haya de vivir —al menos en parte— en plena diáspora en medio de nuestro mundo.

Por supuesto, y siempre que nos parezca que sirva a esa recuperación, vamos a recurrir al don inmenso que ha sido hecho a toda la humanidad en la tradición cristiana, en sus múltiples formas y denominaciones: católicas, anglicanas, reformadas y ortodoxas, occidentales y orientales. Creemos que eso forma parte de la misión específica de unos católicos que quieren ofrecer ese nuevo inicio que es Jesucristo al mundo de hoy. Al hacerlo, nos sentimos, orgullosa y humildemente a la vez, hijos agradecidos de la gran tradición católica. “Católica”, hay que decirlo, no en su sentido denominacional moderno, sino en su sentido original, etimológico, cristiano. Y precisamente porque somos cristianos, y también católicos en este sentido que acabo de explicar, recurriremos si es conveniente a obras de otras tradiciones religiosas o filosóficas (incluso ateas, porque a veces los verdaderos ateos, como sucede en no pocos pasajes de Nietzsche, nos muestran un negativo de la fe sin oropeles que nos ayuda a descubrirla más que muchos libros “piadosos” sin substancia). Sólo tenemos el propósito claro y neto de excluir lo que MacIntyre ha llamado “la tradición del liberalismo”, incluyendo la del “cristianismo liberal” y la de las poderosas instituciones y organizaciones que lo sostienen, porque es una tradición religiosa (o pseudo-religiosa) que ya domina el mundo, y una buena parte de la Iglesia, y no nos necesita. O, mejor dicho, no nos quiere para nada, aunque necesitarnos, lo que es necesitarnos, nos necesita tanto como el que más.

Se trata pues, de traducir ciertas obras, antiguas y contemporáneas, cristianas o no cristianas, que puedan ayudarnos a afrontar, desde la luz con que Jesucristo ilumina todas las cosas y con toda la inteligencia que nos sea concedida, el momento que vivimos (no en España, sino en el mundo entero). Se trata de acometer esta tarea, principalmente, por amor a las personas y a su destino eterno, por amor a este mundo nuestro, al que, al menos quienes hemos conocido a Jesucristo, no podemos sino amar apasionadamente.

Y precisamente porque amamos a este mundo, y porque sentimos que hay una cultura que se muere, que se ha condenado a muerte a sí misma, pero que hasta en su morir envenena nuestras vidas y las de las generaciones que vienen, y también nuestro cristianismo, queremos una cultura distinta, sustantivamente alternativa y diferente. Una cultura que atienda a los anhelos profundos del corazón humano, y que no consista sólo en algunos cambios superficiales o aparentes, como la oferta de distintos caminos para lograr la misma meta del bienestar o del triunfo en la escala del dinero y del poder. Una cultura que tenga su medida en la divina humanidad de Cristo. Una cultura que no mida desde otros parámetros, por más sagrados que sean —la nación, el estado, los intereses familiares, otros intereses, incluso legítimos—, la tradición y la fe cristianas y su valor para la vida y para la historia.

La cultura en la que vivimos, de la que formamos parte, está basada en el cultivo de la avaricia, convertida en la virtud cívica decisiva y en el contenido fundamental de la vida. O, como decía Eliot en Los coros de “La Roca”, nuestra cultura ha sustituido el culto a Dios por tres ídolos: “el dinero, la lujuria y el poder” (que son tres formas diferentes de la avaricia). Y lo ha sustituido, además, por el culto a la corrección que oculta estos ídolos detrás de una retórica buenista. Esa retórica puede ser lo mismo de izquierdas o de derechas. Pero, tanto ella como los ídolos que se ocultan tras ella, como es propio de los ídolos, devoran al hombre. La cultura que queremos —que todos los hombres en el fondo quieren— y que todos necesitamos para sobrevivir a la catástrofe de humanidad hacia la que nos dirigimos a menos que cambiemos de dirección y no sea demasiado tarde— es una cultura de la gratuidad, es la cultura del don, es la cultura del sacramento. [De paso, un sacramento no es meramente un gesto religioso o un acto de piedad, es un don fiel de Dios al hombre que anticipa la eternidad en la historia, un don que empieza en las estrellas y culmina en la Eucaristía y en el Buen Samaritano. O al revés, que empieza en la Eucaristía y el Buen Samaritano, y termina en las estrellas y en ese otro milagro que es la hierba verde.]

Abrir camino a la gratuidad en medio del desierto moral en que vivimos puede implicar tareas muy diferentes en apariencia. Es preciso encontrar mapas, o restos de mapas, que nos hacen llegar el eco de una comida entre familias en un jardín. Es necesario juntar los pedazos de esos mapas, y reencontrar el camino… Otros autores vienen y nos cuentan cómo enfermaron y cómo se destruyeron sus almas y sus vidas. Otros nos abren el cielo —algo del cielo— en la tierra. Pero todos son haces de luz —fragmentos, sin duda, porque la luz entera nos cegaría y no la soportaríamos—, pero esa luz y ese calor humano, venga de donde venga, es bienvenido para quien no tiene techo y, como decía en una ocasión el Papa Francisco, “sólo espera ser amado”.

Una cultura sólo puede tener como sujeto un pueblo, ese tipo de sujeto social que existía en otro tiempo y se llamaba “pueblo”. Hoy, igual que pasa con tantas otras grandes palabras de nuestra tradición (como “universidad” o “libertad” o “amor”) la palabra se sigue usando, pero en el mundo del capitalismo global esas palabras designan algo inexistente, o tan profundamente transformado que no tiene apenas nada que ver con el significado original y tradicional. Los pueblos, o ya no existen o están acosados por todas partes. O están muertos o están agonizando, subsumidos en la cultura dominante y en el marketing del urbanismo global. Por tanto, la tarea más importante de todas en nuestro tiempo es la de construir con la ayuda de Dios ese pueblo de hombres y mujeres verdaderamente libres, en el que la avaricia sea sustituida por la gratuidad, y la egolatría —un mundo que se acaba en la propia epidermis—, por el amor verdadero al bien de cada hombre y de cada mujer. O lo que viene a ser lo mismo, es testimoniar a Jesucristo vivo en la realidad de la vida cotidiana, de tal modo que los hombres puedan encontrarlo en el “nosotros”, en el pueblo que nace del encuentro con él. [Y, perdón por este otro inciso, pero ese “nosotros”, ese “pueblo” vive también misteriosamente en muchos hombres y mujeres que creen sinceramente no haber encontrado a Jesucristo. Unas veces lo anhelan explícitamente, aunque dudan de poderlo encontrar porque sólo nos han encontrado a nosotros y a nuestros intereses, incluso legítimos. Otras veces no lo anhelan, no lo esperan siquiera, pero lo buscan por todas partes sin saberlo.]

Tūrgâmā es un término del dialecto arameo usado por los cristianos del Medio Oriente como lenguaje de la vida cotidiana entre los siglos III y XIV (y hasta hoy, aunque muy transformado, por algunas bolsas reducidas de población cristiana en Irán y en Irak, en Siria y en Turquía y en el Líbano). Este dialecto se llama también siríaco. Tūrgâmā en siríaco significa inicialmente “traducción”, pero también “exposición”, y hasta “discurso”.

Se trata de traducir, en efecto. De traducir o de hacer disponibles y accesibles, en cualquier soporte y formato, piezas literarias, novelas, poemas u obras de teatro. De traducir o hacer disponibles obras de pensamiento, también en lo que se sigue llamando filosofía y teología. Algunas obras serán académicas. Otras serán aportaciones de aire fresco en medio de un ambiente seriamente contaminado sin que nos demos cuenta. Se trata de traducir o de hacer accesibles instrumentos de acción, de vida, de educación y de pensamiento que puedan sostener esa cultura alternativa que anhelamos, que necesitamos, y que puedan ayudar a comunicarla y a transmitirla. Y en todo ello, procuraremos no apartarnos del amor a la belleza, a la verdad y al bien en su nivel más alto posible, esto es, del amor a Dios y a su creación buena.

SE BUSCAN… Se buscan traductores y maquetadores, se buscan historiadores, se buscan médicos y psicólogos, se buscan escritores y profesores de idiomas, pedagogos, filósofos y teólogos (es casi lo mismo), o gente que no sea ninguna de estas cosas, pero que sepa bien inglés, o francés, o italiano, o alemán, o español, y que quiera ayudar. También se busca a quien quiera ayudar económicamente o con su oración y su apoyo a este proyecto cultural, social y editorial. Se busca gente inquieta para ayudar de un modo u otro a que nazca ese pueblo, y a sostenerlo, manteniendo abiertas sus puertas para todo el que quiera venir y unirse a nuestra alegría, o para ayudarnos a llegar hasta las puertas de quienes nunca vendrían a las nuestras.

GRACIAS.

+ Javier Martínez, Arzobispo de Granada
Granada, febrero de 2020



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